
por Nuria González
Cuando me encontré con esa preciosa niña entre mis brazos, la apreté con ternura contra mis pechos. Tenía miedo que se cayera de mis manos. Todavía hoy me persigue esa sensación…
Era joven, pero no tanto. Mi instinto me guiaba entre una mezcla de felicidad, placer, angustia y temor. No quería estropear ese trocito de vida que, también, era parte de la mía.
Torpemente vas aprendiendo esos primeros, pero impredecibles, cuidados. Hoy sigo aprendiendo. Los errores que cometemos en el intento de ser padres, seguramente, son abultados teniendo en cuenta que la mayor parte de las veces decidimos sobre la marcha, aunque eso sí con corazón. Nos empeñamos en ser los mejores aunque, a veces, nos desbordan situaciones que escapan a nuestro control. Ese dichoso control por el que tanto he renegado cuando era niña. ¡Jovencita rebelde!, me decía mi madre cuando me saltaba una norma…me reprendía… pero luego me abrazaba y yo comprendía que me amaba. Sin hablar, nos perdonábamos, porque el amor lo puede todo. ¿ Me pregunto si ahora nos perdonan nuestros hijos ¿.
Pertenezco a la generación “bocadillo”, me explico: nuestros padres, tal vez, han sido muy severos imponiendo unas reglas dictatoriales sin dar demasiadas explicaciones por lo que muchos de nosotros tuvimos que buscarnos la vida para resolver conflictos que sin duda iban apareciendo. Nosotros, marcados por esa opresión pienso yo, pecamos de “blandos”en la educación de nuestros hijos. Esta flaqueza puede costar cara. Ahora veo con tristeza como una parte de nuestras jóvenes generaciones mandan, exigen y manipulan unos padres incapaces de controlar las “rabietas” de sus hijos.
Tengo hijos que pertenecen a generaciones distintas ( 12 años de diferencia ). Ahora ya creciditos me doy cuenta de sus diferentes actitudes ante la vida. Yo también he flaqueado siendo más permisiva con mi pequeño. Parece que las nuevas tendencias sociales impulsan los jóvenes papás a proteger y mimar hasta la saciedad unos niños que se tornan en el mejor de los casos, caprichosos. En la otra cara de la moneda, padres cuyos problemas laborales, económicos y personales desbordan. Estos abandonan la educación de unos hijos hiperactivos, soberbios, conocedores de sus derechos pero que no quieren ni oír hablar de sus obligaciones. Son parte de una sociedad desestructurada que hemos ido forjando con nuestras debilidades. La paciencia se está perdiendo y va dejando paso al egoísmo.
Crecen sin normas, sin valores, sin aprender a dosificar su libertad. Quieren probarlo todo y desde edades muy tempranas coquetean con las drogas, el sexo promiscuo y, en algunos casos, la delincuencia. Mientras, las padres en su egoísmo, miran hacia otro lado, desconocen dónde, cómo o con quién están sus hijos, y éstos aprovechan el vacío .
Están “ennortaos” como dicen por aquí (sin rumbo). Su egoísmos es nuestro egoísmo, su fracaso es nuestro fracaso. Qué nadie se rasgue las vestiduras cuando los padres comprueban el bajo rendimiento de sus hijos en la enseñanza (por ejemplo), la mayor parte de la culpa la tenemos nosotros y un sistema educativo muy laxo. No quiero ir a parar al maestro de antaño que castigaba con la vara, pero tampoco llegar al otro extremo de blandura y falta de autoridad que parece ser la nota predominante en algunos centros de enseñanza.
Quiero confiar en esa juventud con principios, inquietudes y valores morales para que las próximas generaciones marquen el rumbo de una sociedad que hoy está enferma, diría yo de locura.
Un desgraciado ejemplo “de locura” es el joven alemán que ha crecido en una casa rodeado de una colección de armas, hace un par de días, lo tuvo muy fácil para matar 16 personas. ¿Qué paso por la cabeza de ese muchacho, convertido en asesino, para llevarse la vida de tantas almas ¿ Conocían sus padres las debilidades, los miedos o los complejos de su hijo ¿ ¿ Quién le enseño a manejar las armas ¿
Controlar la ira de un joven rebelde, moderar su egoísmo, enseñar que la venganza puede acarrear un desgaste personal demasiado caro, decir NO a nuestros hijos, no es sinónimo de quererles menos, todo lo contrario. Debemos poner límites para que aprendan a respetar no solo su propia libertad sino también la de las personas que les rodean porque sino cuando sean adultos una buena parte de ellos creerán ser el centro del mundo y ante el primer fracaso se hundirán con sus miserias. Y nosotros los padres seremos los responsables por no haber actuado a tiempo.
Aún así estoy convencida que la fuerza de la juventud lo puede todo. Miro hacia delante y, a pesar de mis flaquezas, quiero ver un mundo mejor, sobre todo en paz.
Un abrazo muy especial para esos jóvenes corazones.
Nuria